Lo inmoral

Fue en 2017 cuando perdí toda voluntad, toda capacidad de discernimiento y cualquier afinidad con el bienestar. Conocí el crack a los 27 años y me dejó cadavérico; después, con la vana ilusión de sustituir una sustancia con otra, probé el cristal. Eso me llevó a vagar a la deriva durante tres meses, un viaje ciego que terminó en Puebla: con una herida de trece centímetros en el brazo, esposado, vistiendo apenas un pantalón y una playera, y sumergido en un brote psicótico tan severo que amenacé con volar el tanque de gas de una clínica del ISSSTE.Pero ni siquiera ese fondo fue suficiente para mí. No aprendí nada de mis propios errores, y parece que no hay nadie mejor que el entorno social para erigirse en juez y dictar un veredicto al respecto. Después de probar el slam, mi vida cambió por completo; fue entonces cuando conocí la verdadera cara de la degradación humana: la propia. Habitar en una comuna como esta es una condena sutil. Coexisto con un vecindario caracterizado por una peculiar inclinación al tumulto y al cotilleo; un colectivo experto en añadir condimento al escándalo, en magnificar lo ridículo y en distorsionar la realidad para confeccionar una narrativa más atractiva y jugosa. En sus manos, la murmuración se vuelve un arte colectivo, asegurando que mi nombre permanezca siempre en la malevolencia de la boca pública, diario, sin falta.

Visto desde una perspectiva parcial, lo merezco. Visto desde un ángulo moral, todos llevamos las manos manchadas de sangre. Desde un enfoque cínicamente positivo, suele decirse que no existe la mala publicidad; pero desde la óptica de la realidad —esa que es prolongada, implacable y tupida—, el panorama es un infierno. Un hombre atrapado en la psicosis y la adicción, intimidado al extremo de arrastrarse a dormir en el suelo, parapetado entre dos sillones, esperando sobrevivir de milagro al inminente y alucinado derrumbe de su casa. Soportando el eco de las carcajadas ajenas.

Soportando sus expresiones de morboso asombro ante las manifestaciones más íntimas y grotescas de mi propio autoplacer; rituales de desahogo y degradación que executioné en la supuesta e inviolable privacidad de mi habitación, y que ellos, con total vileza, decidieron proyectar y exponer ante el resto, rompiendo cualquier límite de la decencia humana.

Esa costumbre enferma de mirar, ese voyeurismo corporativo, delata una necesidad implacable y un vacío existencial crónico que jamás podrá llenarse, sin importar cuántas vidas decidan desmantelar. Vaya que yo sé de vacíos existenciales, de carencias afectivas y de conductas que conducen en línea recta hacia la muerte, de forma lenta pero inexorable. Pero en su caso, el vacío es doble: es el dolor de contemplar mi propio desastre y, al mismo tiempo, el abismo de un grupo que prefiere transformarse en cómplice silencioso de mis bajezas antes que tender una mano. Están tan asqueados de su propia inacción, tan carcomidos por haber mirado el horror sin inmutarse, que ahora proyectan todo ese autorreproche en mí, utilizándome como el contenedor de su propia culpa. ¿Cuántas veces al día tendrá que autoengañarse esta multitud colgada a la red para convencerse de que su cruzada masiva, esta desproporcionada guerra de todos contra uno solo, no posee un ápice de justicia?