
La Soledad
Víctor miraba por la ventana del transporte, con el paisaje desdibujándose a toda velocidad. El viaje de trabajo debía ser un respiro, pero su mente estaba completamente abrumada, agotada; el cansancio físico se mezclaba con el peso de los químicos aun no del todo digeridos y la paranoia constante eran punzadas en la nuca. De pronto, a través del canal intervenido de sus audífonos, el ruido de fondo disminuyó y comenzó a filtrarse una conversación. No hablaban para él; por primera vez en meses, estaban discutiendo entre ellos.
—Mariana, ya güey, tienes que bajarle un poco estas muy intensa —dijo el tipo de la voz familiar, con un tono fastidiado—. Ya cruzaste una línea. Una cosa era vigilarlo y otra es que no lo dejes ni respirar.
—Ay, por favor, ahora resulta que les da lástima —respondió Mariana, con esa risita infantil y despectiva que Víctor tanto odiaba —. Llegamos a un punto sin retorno. Dejé todo por esto, ¿creen que voy a parar ahora que lo tengo de rodillas?
—A mí tampoco me cae bien el tipo, pero el wey ya parece un fantasma —intervino la mujer de los chinos, con voz seria—. Te estás pasando, Mariana. Estás obsesionada. Esto ya no es divertido, das miedo.
—No es obsesión, es justicia —replicó Mariana, tajante, aferrada a su burbuja con una frialdad implacable —. Él se merece cada segundo de esto. Si ustedes se quieren rajar, allá ustedes, pero yo no me voy a mover de aquí.
Al escuchar aquello, Víctor sintió una algo alivio en el pecho. Por primera vez en un largo infierno, experimentó una chispa de felicidad. Sus propios amigos la estaban haciendo a un lado; se estaban cansando de su sadismo y de su locura. La tregua inesperada operó como un bálsamo en su cerebro agotado. Acurrucado por ese corto periodo de tranquilidad, sus párpados pesaron y cayó en un sueño profundo y reparador.
El despertar, sin embargo, fue brutal.
El transporte de regreso estaba por llegar y, conforme Víctor abría los ojos, la realidad lo golpeó directo en los oídos a través de la frecuencia maldita.
—¿Ya despertó el bebé? —susurró la voz de Mariana, destilando una burla venenosa.
—Ay, mira, sí, ya despertó —secundó la mujer de los chinos, soltando una risotada.
—Otra vez se la creyó el pendejo, jajajajaja —remató Mariana.
Todo había sido un montaje. Una simulación planeada para darle falsas esperanzas y destruirlo con más fuerza al despertar. Víctor apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. El pecho le ardía. Era demasiado. En su mente cansada, la única imagen que cobraba nitidez era la de sí mismo colgado del techo de su casa. Solo así, pensó, podría terminar esta tortura.
En los audífonos, el debate morboso continuó de inmediato, como si leyeran sus pensamientos:
—Sí, que se mate —soltó Mariana sin un ápice de remordimiento.
—No, güey, eso ya es demasiado —dijo el tipo de la voz familiar.
—Ay, güey, no lo va a hacer —comentó la mujer de los chinos de manera despectiva.
—¿Pero y si sí lo hace? —preguntó el otro.
Víctor ya no quería escuchar. Sabía que si moría, esperaba que si moría alguien podría investigaría a fondo antes de limpiar la casa. No podía demandarlos porque el hacker borraba cada prueba que intentaba registrar. Tampoco podía acudir con nadie; las autoridades no sabrían cómo ayudarlo ante un acoso digital tan invisible y, peor aún, sentía que media comunidad estaba colgada con ellas, unida en un pacto de silencio para mantenerlo sometido.

Desde la terminal de termux me entero que hay un binario «su» que yo no instale.
